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CORONAVIRUS, TRAMITES, TECNOLOGIA Y LA VIDA SIMPLE. (UN CUENTO DE MARCELO MELO)

Por: Marcelo Melo

Severino era un tipo hosco, huraño. De campo. Recuerdo muy bien cuando años atrás -muchos- venía por avenida 29, de norte a sur, y doblaba por calle 30 a la derecha. No es un error, dobló en contramano con su camioneta Chevrolet verde agua. No existía el semáforo actual en esa intersección. Hizo 7 u 8 cuadras. Menos mal que no se le apareció ningún auto o bicicleta en los pocos minutos que le llevó hacer ese tramo. Claro, en su pueblo todas las calles eran mano y contramano. ¿Qué se iba a pensar que había una calle mano única?. No era de Mercedes. Aunque terminó sus últimos años de vida en la ciudad. Suficientes como para llegar a disfrutar de ir a tomar una copa al bar Barbatto.

Pasó el tiempo, mediaban los años 80, y con Severino fuimos a hacer unos trámites a Buenos Aires. Llegamos al lugar y, al subir al ascensor, las puertas se cerraron de manera automática tras haber apretado el botón del piso donde nos esperaban. Al ver que se cerraban las puertas sin que lo hayamos hecho manualmente, puso sus manos para que  no se cerraran por completo por miedo a quedar encerrado. Quienes nos acompañaban en el elevador, nos miraban aterrados. A él por su accionar. A mí, por sonreírme al ver lo que hacía.

En esos días, también lo llevamos a la cancha de Boca, a pesar de ser un ferviente hincha de River. Aún lo recuerdo. Fuimos un grupo grande de amigos que salimos de Mercedes rumbo a la Bombonera. Íbamos siempre un grupo grande del barrio. Eran épocas en las que siempre nos acomodábamos en un estrecho tramo que unía la popular norte y sur. Hoy ese lugar es todo plateas. La parte baja del sector L para los conocedores. Uno de los del grupo decía a viva voz que en el lugar había olor a gallinas. Todos se sonreían, a nadie se le hubiera ocurrido intentar querer saber quién era para hacerle sentir el rigor de haber osado ir a La Bombonera.

Era un partido definitorio del entonces Boca de Menotti y Rosario Central el que se jugaba. Comenzó Boca perdiendo por un golazo de Palma a Gatti. Boca lo empató rápidamente. A los pocos minutos, el equipo de Buenos Aires se puso en ventaja. Y fue tanta la alegría de los miles de hinchas que estaban en el lugar apretujados como pocas veces, que Severino perdió la alpargata izquierda en el festejo del gol. Quienes lo recordamos aún hoy nos sonreímos al verlo a Severino tratando de tantear con sus pies en qué escalón había quedado su “bigotuda”. Apenas podía moverse algunos centímetros en su intento por hallarla. Era tanta la gente que abarrotaba toda la cancha, que no se podía ver el piso, que eran las gradas, para lograr hallarlas y así volvérselas a poner. Tuvo que esperar al final del partido. Y allí estaba.

Imagino a Severino en esta loca época de cuarentena. Porque es muy loco lo que nos sucede. En lo personal y en lo general. Una época en la que casi absolutamente todo se realiza desde una computadora o un celular.

No hace tantos años que murió. Pero me viene a la cabeza su recuerdo cada vez que debo enfrentarme a los difíciles trámites oficiales, bancarios o de cualquier otra índole. En mi cabeza ya no caben dudas que a cada trámite lo hacen complicado a propósito. Y lo imagino a él pugnando detrás de la pantalla de un celular intentando quizás, lograr la ayuda de las 10 lucas del Anses. Obtener un código que, para conseguirlo, tenés que recibir otros códigos vía mail y vía SMS. Y esos códigos que, refrescando la página cada dos minutos, se puede llegar a estar hasta 1 hora y media para obtenerlos. Pero claro, después llegan todos los mails juntos de cada una de las refrescadas. Y uno no sabe si debe usar el primero o el último.

Si pasó el trámite, excelente. Si no, uno seguramente comenzará a dudar si su intento fue rechazado por no estar en regla o por haber puesto el dedo mal en algún paso. Luego, y tras pensar que ya estas cerca de lograrlo, te piden muchos datos más. Y por la forma en que los preguntan, hacen dudar a cualquiera. Con conceptos y consignas poco claras. Seguro, Severino abandonaría la idea de recibir esa ayuda. Alguno, quizás, llegue a pensar que justamente esa es la idea.

Esos gringos solían tener sus ahorros en los bancos. Y lo imagino ahora al tío Serverino, con la modernidad, en la que te cambian las claves, sin poder repetir anteriores. Una para el cajero, otra para el homebanking. Que comiencen con mayúscula, que haya letras y números. Pero que a la hora de obtener dinero del cajero, sea la alfanumérica la que tenés que usar. Que haya que pedir turno según la terminación del DNI. Que lo haga y que, además, mande un mail solicitando ayuda a su “Ejecutivo de Cuenta” para estar más seguro. Que tenga que imprimir el turno.  Ya en el banco cualquiera se da cuenta que los que te atienden no quieren estar en ese lugar y que no te quieren atender tampoco. Que te pregunten de mala manera si tenes el turno, y que al contestarles que si, entonces te indaguen sobre  por qué no hiciste la consulta vía mail. Y cuando les decis que efectivamente sí la hiciste, es justamente la persona que te está atendiendo la que no te respondió. La cual, sin sonrojarse siquiera, te da una respuesta que no es la que estabas esperando. Sólo por ir a pedir algo que te pertenece.  Y, excusa o no,  siempre pasa que lo que estas esperando del banco, llega por correo a la casa de uno cuando uno no está. Entonces lo que ibas a buscar y esperabas te lo envíen a tu casa, ya lo devolvieron a Buenos Aires y hay que volver a solicitarlo. Pero… por internet. Y que seguro luego te lo cobran. Porque era gratis la primera vez, pero “esto es un reenvío”…

Como si fuera poco, muchos organismos trabajan, pero a puertas cerradas. Tenes que hablar con alguien porque es algo simple lo que tenés que pedir y no está en el menú de las posibilidades que te da el teléfono. Y queres, como nunca, que del otro lado del teléfono te atienda otra persona. Que te entienda. Y que no te de como opción apretar el 8 para volver al menú anterior. Eso sí, luego del 8, apretando el #.

Hay quienes deben estudiar para complicarle la vida a la gente, diría Severino mientras nos  acodamos en la barra de “Lo de Barbatto” a tomar algo fresco. Con total simpleza, mirando a los ojos, llegaría a la conclusión que esta pandemia es el primer “mal” que trajo cosas muy buenas al mundo. La naturaleza intenta recuperar terreno. Por ejemplo.

Intentaría encontrar respuestas sobre si las pandemias anteriores trajeron hechos bondadosos como en esta. Todas las cosas buenas que nos pasan durante el Coronavirus, hace 100 años atrás, -durante la última pandemia en el país- esas mismas cosas la disfrutaban a diario. No las encontraban luego de muchos días de encierro. Los tiempos los tenían y los disfrutaban. El diálogo era moneda corriente. Disfrutarse, leer. Y tantas cosas más que seguramente ahora se le vienen a la cabeza.

Entonces es momento de analizar cuantas cosas estamos haciendo mal. Siempre me decía Severino que con muy poquito era feliz. Sus alpargatas, unas pocas camisas y pantalones, tener algo siempre para comer y no pasar demasiado frio o calor. Sin aires acondicionados ni nada que se le parezca.

Hoy no nos sirve para nada comprar el mejor jean, de la marca más costosa. Da lo mismo el celular de última generación y uno que apenas saca foto, y alcanza para mandar mensajes teniendo las funciones elementales. Y de a poco nos empezamos a dar cuenta que alcanza con muy poco para intentar ser felíz. La vida pasa por esas cosas pequeñas con los seres queridos. Además del bienestar general.

Las empresas y organismos de a poco fueron despersonalizando el trato.

Imagino a Severino volviendo al campo de su Moll natal. Dejando de lado absolutamente todo lo que le daba la modernidad y el “avance tecnológico”. A juntarse con amigos cuando lo deseen, lejos de las pandemias y sin la ayuda que nosotros creemos que nos da comprar algo para que nos haga sentir parte.

Severino encendería su vieja cocina para calentar el agua en la pava para unos mates. Calentaría el pan de hace unos días atrás y lo untaría con la manteca que hace de lo que le da su propia vaca. Encendería su radio Spika para escuchar las noticias. Y al escucharlas, estoy seguro, que el que se sonreiría ahora, sería él.

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