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CUENTO CORTO DE PABLO STASIUK: EL CASO CENICIENTA

Por: Pablo Stasiuk

Doña Amalia Pardo es una vecina de esas inquietas. Se acuesta a la siete de la tarde y a las cuatro o cinco de la mañana ya anda dando vueltas por la casa tomando mate y limpiando. En el día que les voy a relatar, Doña Amalia estaba pasando el trapo en los vidrios de la ventana que da a la calle y mientras prendía la radio escuchó un estruendo que venía de afuera, unos gritos y aparentemente la corrida de alguien.

Miguel es un buen tipo, pintor y changarín, que frecuenta los clubes acompañado de dudosas amistades. Esa noche se tomó unas copas, molestó un poco entre los viejos que jugaban al mus y al ver que no había lugar para hacer una partidita, salió para su casa, donde vivía solo, ya que de la familia solo le quedaban unos primos lejanos.

Doña Amalia corrió la cortina de la ventana y al observar hacia afuera vio un bulto tirado sobre el asfalto al lado de una moto. Amalia, sabiendo que ese era un truco muy usado para robarle a la gente agarró el teléfono y llamó al 911. A los 15 minutos llegó un patrullero del que bajaron dos policías.

Miguel estaba tendido boca arriba en el asfalto, bastante lastimado y con la ropa desgarrada en las rodillas y los codos; estaba inconsciente y con una sola zapatilla. Mientras esperaban la ambulancia y le tomaban declaración a la vieja Pardo un agente se arrima y le dice a su compañero:-En la moto venían dos- haciéndole una seña para que se acerque a mirar. En la rueda trasera, entre los rayos, había un zapato enganchado y el otro estaba cerca de la vereda.

El agente ordena comenzar una búsqueda ante la certeza de que el acompañante se había fugado o extraviado. Los vecinos, que en estos casos policíacos se ponen extremadamente colaboradores, armaron tres grupos y salieron en la búsqueda de un posible herido que anduviera por el barrio. Después de unos minutos uno de ellos dice-¿Che, y si el tipo no está lastimado y salió disparando porque llevaban algo que los comprometía? Tengamos cuidado- agregó mirando a sus compañeros de patrulla. Todos se quedaron pensando y aflojaron un poco en el entusiasmo.

Cargaron a Miguel en la ambulancia, estaba inconsciente y bastante golpeado, así que fue directo a terapia intensiva de la Clínica. La moto la dejaron en la casa de un vecino que no quería saber nada pero fue obligado por los agentes a guardarla. A esta hora ya eran varios vecinos reunidos y comentando el hecho. Otra mujer que venía caminando dijo que unas cuadras antes había pasado una moto con dos personas, que no podía asegurar, pero casi seguro que era esa.

El viejo Pertani tiró una nueva teoría: -Y si el tipo está golpeado y perdió la memoria o está shockeado y anda dando vueltas por ahí sin saber lo que pasó?-dijo con cara de Sherlock Holmes.

Otro agregó:-Puede ser, vayamos hasta la radio y hagamos un llamado a la gente por si ven a una persona vagando descalza por la ciudad, que no lo asusten pero que traten de retenerlo y avisar a la policía. Y ahí salieron todos a hacer el anuncio.

Para todo esto Miguel estaba jodido, tenía un fuerte golpe en la cabeza y después de los primeros estudios determinaron que estaba en estado de coma.

Pasaron dos días y en la radio reciben un llamado de un hombre que dice haber tomado el tren de las 5 de la mañana dos días antes y que en el mismo vagón viajaba un hombre descalzo y que iba con la ropa media sucia, como si se hubiera revolcado en la tierra.

Un policía, muy despierto, elabora una idea: -Y si publicamos la fotos de los zapatos así vemos si alguien ante la ausencia de un familiar o amigo reconoce sus zapatos?

Para esa tarde los zapatos estaban publicados en todos los medios y hasta tenían una página de Facebook, para que la gente pudiera aportar datos aunque sea de forma anónima. La teoría que fue ganando adeptos era la de que los dos motociclistas llevaban droga hacia algún lugar, y después del accidente y ante la imposibilidad de mover a Miguel, su compañero se había fugado con la carga abandonando a su amigo. Otros dicen que seguramente la otra persona era conocida-un político o algún vecino destacado- que no se quería ver envuelta en un escándalo.

Miguel llevaba dos meses en coma. La ciudad estaba empapelada con la foto de los zapatos y los pormenores del hecho, pero nadie aparecía con una pista firme. Los medios nacionales se sumaron a la intriga ante lo raro y atrapante del caso: le llamaron “El Caso Cenicienta”, ya que se estaba buscando a una persona con la sola pista de sus zapatos. Los canales y los diarios mandaron sus móviles a la ciudad para sumarse a la extraña búsqueda.

A esta altura las teorías eran tan desopilantes como rebuscadas. Se hablaba de narcotráfico, de delivery de drogas, de contrabando de órganos, y hasta alguno llegó a decir que el cómplice había golpeado a Miguel en otro lugar y lo había tirado ahí para despistar.

Siguió pasando el tiempo sin ninguna pista firme y el caso fue perdiendo interés entre la gente. Se vino el tiempo de la elecciones y el caso pareció cerrado.

Un 13 de diciembre por la tarde un enfermero que le estaba cambiando el suero a Miguel asegura que abrió los ojos durante unos segundos y le apretó la mano. Urgente le comunicó la noticia a los médicos que empezaron a estimularlo para ver si reaccionaba. El milagro ocurrió a las 14 horas en punto. Miguel, después de 6 meses, tenía los ojos abiertos como el dos de oro y movía sus brazos con dificultad.

La noticia corrió como reguero de pólvora ante la posibilidad de que se esclarezca uno de los más intrincados casos de los últimos tiempos. Los medios volvieron a ocupar las veredas de la clínica y los analistas policiales televisivos se jugaban cada vez más en sus teorías.

Los médicos dejaron que se recupere durante unos días y después convocaron a un reconocido psiquiatra para ver si podían hacer que Miguel revelara quién era su acompañante, sin que sospechara que toda la policía lo estaba buscando.

En verdad era muy poco lo que recordaba, el golpe había sido muy fuerte y había pasado bastante tiempo. El psiquiatra con mucho tacto trataba de hacer conversaciones asociadas con esa noche, pero nada; no hubo resultados. Así insistió durante varios días.

Una noche Miguel miró un rato la televisión y se durmió temprano. Como a las cuatro de la mañana y sintiendo que una descarga eléctrica le cruzaba el cuerpo, se despertó al grito de:-Ya me acuerdo lo que paso ese día!!!

El caos se apoderó de la Clínica, mucho más cuando se enteraron algunos medios que estaban afuera y preparaban las cámaras para las grabaciones.

Por orden exclusiva del Jefe de Policía debían esperar a que llegue el psiquiatra, el más indicado para enfrentar esa situación. Llegó el doctor Sonante y sentándose frente a Miguel le dice:-Miguelito!, que suerte, así que ya te acordás mas o menos lo que pasó aquella noche?-suavemente para no asustarlo.

Si Doctor- dijo Miguel, como quien va a hablar de algo que le pasó esa mañana- resulta que yo me fui a jugar un partidito de mus y como los muchachos no me hicieron lugar y estaba bastante copeteado me fui para casa. Todo iba bien hasta que me encontré con el volquete.

-¿Volquete?¿Que volquete?-preguntó el doctor.

-No me acuerdo en que calle pero había un volquete y me lo llevé puesto-dijo Miguel entre risas-lo que sí me acuerdo patente es que adentro había un par de zapatos nuevitos, los agarré, los tiré adentro del canasto de la moto y seguí para casa; ahí es donde me debo haber caído porque no me acuerdo mas nada.

Instantáneamente el Doctor Sonante pidió hablar con el jefe de policía, estuvieron juntos un rato y se fue por la puerta de las ambulancias.

Miguel sigue internado, pero ahora lo trasladaron al pabellón de psiquiatría del Hospital. Él jura que está perfecto, pero los médicos y la policía coinciden en que después del golpe se ha convertido en un tipo peligroso.

Mientras, los medios y la gente, no dejan de sostener que Miguel es un pobre perejil que está pagando las culpas del dueño de los zapatos, ya que la mafia y el narcotráfico tienen esos «códigos» y una vez que entrás en esa…o te comés el garrón o terminás en una zanja.

FIN

 

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