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DIA DEL LIBERTADOR GENERAL SAN MARTIN: TEXTO ESCRITO EN MI VISITA A LIMA

Por: Oscar Dinova / Escritor
De «Crónicas de Viajes por Perú»
Lima, “la Ciudad de los Reyes” fue erigida en pocos años. Estaba destinada a reemplazar a Cuzco como centro del mundo. Balcones inmensos que escurren su perfección sobre las calles limeñas, verdes patios pacíficos salidos del Edén, el graznido de pájaros encantadores, largos pasillos y coros arrulladores en los conventos dominicanos y franciscanos limeños, la belleza serena de Isabel Flores de Oliva –Santa Rosa de Oliva- no logran acallar las voces de los sufrientes condenados de lo que fue el primero de los centros de detención civil sin derechos que han poblado nuestros territorios desde ese momento y hasta la fecha; el Tribunal de la Santa Inquisición. Centros que cierra un compatriota nuestro…
Un joven pero experimentado general amarra cerca de Lima un 8 de setiembre de 1820, esa misma noche proclama; “Compatriotas: El último virrey del Perú hace esfuerzos para prolongar su decrépita autoridad. El tiempo de la impostura y del engaño, de la opresión y de la fuerza está ya lejos de nosotros, sólo existe la historia de las calamidades pasadas. Yo vengo a poner término a esa época de dolor y humillación. Este es el voto del Ejército Libertador”. Firma “San Martín. Cuartel general del Ejército Libertador en Pisco. Primer día de la libertad del Perú”.
No hay una presencia más fuerte para cualquier argentino que pise las históricas calles de Lima que la de nuestro querido José de San Martín. Creador de la bandera nacional peruana y sus principales instituciones, entre las que se encuentran, por supuesto, el Congreso y la Constitución. Sus manifiestos firmados anidan en todos los rincones de la capital, museos, paredones, estatuas y placas replican sin cesar las proclamas libertarias de quien fuera para Perú, su primer presidente.
No podía haber mejor manera de terminar este viaje. Encontrarse con el legado de este hombre monumental, casi mítico, cuya gesta libertaria pareciera haber reunido los pedazos esparcidos de Tupac Amaru II en 1781 y concretado los sueños rotos del último gran guerrero inca. Como un triunfo póstumo de una América india que esperó pacientemente la llegada de un general correntino, portador de un ejemplar mensaje de emancipación y esperanza que resuena, hidalgamente, en todos los rincones del Perú libre.

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