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LA PULPERIA DE CACHO DI CATARINA EN UN ESPECIAL DEL DIARIO CLARIN

Casi intactos, o convertidos en restaurantes de campo, en muchos pueblos y caminos rurales los almacenes de ramos generales resisten el paso del tiempo e invitan a un nostálgico viaje al pasado.

“Pasamos la noche en una pulpería o tienda de bebidas. Un gran número de gauchos acude allí por la noche a beber licores espirituosos y a fumar. Su apariencia es chocante. Son por lo regular altos y guapos, pero tienen impresos en su rostro todos los signos de su altivez y del desenfreno; usan a menudo el bigote y el pelo muy largos y éste formando bucles sobre la espalda (…) Son en extremo corteses; nunca beben una cosa sin invitaros a que los acompañéis; pero tanto que os hacen un gracioso saludo, puede decirse que se hallan dispuestos a acuchillaros si se presenta la ocasión”

Esta descripción tiene casi 190 años (es de 1833) y su autor es Charles Darwin, ilustre visitante de una pulpería de la zona de Minas, en Uruguay, pero que bien podría haber sucedido en cualquier cruce de caminos en la interminable llanura pampeana.

Aunque el origen de estos boliches se pierde en los pliegues del tiempo, se sabe que hunden sus raíces en los inicios de la época colonial: una de las primeras pulperías fue inaugurada en 1580 por Ana Díaz, una mujer que acompañó a Juan de Garay en la segunda fundación de Buenos Aires, cuenta el historiador Felipe Pigna. Y se registra que, en el 1600, el Cabildo porteño impuso una multa de 8 pesos a un pulpero por vender vino a indios y negros.

Lo cierto es que, en las interminables extensiones pampeanas, las pulperías comenzaron a surgir en ubicaciones estratégicas; sobre todo cerca de algunos caseríos que luego se transformarían en pueblos y de campos que comenzaban a ser explotados para agricultura y ganadería, y especialmente a orillas de rutas transitadas -como el Camino Real, que iba de Buenos Aires a Lima pasando por el Alto Perú, hoy Bolivia- y en cruces de caminos rurales.

En esos boliches se detenían las carretas, se les daba comida y descanso a los caballos, y un trago y una comida básica -acaso una cama- a los viajantes. Luego muchas comenzaron a recibir el correo, e ir a buscar la correspondencia se transformó en una excusa para reunirse. Muchos gauchos que podían pasar días o semanas sin hablar se descargaban en la pulpería: charla con uno, comentarios con otro, y para esa charla los tragos se hacían imperiosos. Las pulperías pasaron a ser algo así como “el bar” de cada zona -“del barrio” dicen en el campo, aunque no se vean casas vecinas-, un lugar que los gauchos comenzaron a visitar cada vez más asiduamente y por más tiempo.

Y ginebra va, caña viene, algunos “olvidaban” seguir trabajando, y por ello los estancieros impulsaron una ley que, en la primera mitad del siglo XIX, prohibió la venta de bebidas alcohólicas en estas tabernas. Golpe mortal para varias, y oportunidad de reciclarse para otras: la mayoría se transformó en “almacén de ramos generales”, y pasó a vender todo lo que el hombre de campo podía necesitar.

Se convirtieron así en los primeros “supermercados” del campo, donde los paisanos encontraban desde bebidas alcohólicas fuertes, como caña y ginebra, hasta vinos en damajuana, tabaco, yerba, azúcar, arroz, pan, grasa, leña, jabón de sebo, artículos de ferretería, armas, telas, ropa y otros productos de vestir, además de lumbre y combustible, vajilla y cuchillos, aperos agrícolas y de montar, papel y hasta productos de farmacia y pólvora. Muchos productos llegaban desde Cuyo, Santiago del Estero, el litoral o Tucumán; otros, desde Europa. Se transportaban a destino en carretas, que muchas veces viajaban en tropas -varias juntas- para hacer más ameno y seguro el viaje.

Y las pulperías, transformadas en almacenes, no perdieron su rol de punto de encuentro y centro de reunión social. Allí continuaron juntándose los paisanos a jugar a las cartas o a la taba, a charlar; a beber y, a medida que la noche avanzaba, a saldar diferencias a cuchilladas. Especialmente para esos casos se instalaron las altas rejas tras las cuales se protegía el pulpero, y que hasta hoy -aunque no queden ya muchas originales- son una de sus marcas registradas.

Mucho más que un bar

En muchos almacenes surgieron pistas de baile -en general, no más que un terreno apisonado a un costado del edificio- en las que se organizaban grandes bailongos con orquestas en vivo, y otros tuvieron incluso pequeños teatros rurales, como “El Torito”, cerca de Baradero, pulpería famosa en su época por su ubicación, sobre el Camino Real.

¿Cuántas pulperías llegó a haber en la Argentina? Es difícil saberlo porque no existen estadísticas certeras. Y aunque en el siglo XIX en la provincia de Buenos Aires fueron censadas 350, se estima que en 1810 había al menos 500, a las que se sumaban otras en provincias como Santa Fe, San Luis, Córdoba o La Pampa. Pero la gran mayoría se concentró en la provincia de Buenos Aires, que es donde más, y en mejor estado, pueden encontrarse actualmente.

Algunas trabajan como entonces; otras se convirtieron en restaurantes que abren una puerta al pasado entre almanaques de Molina Campos, viejas botellas cubiertas de polvo de aperitivo Lusera, Amargo Obrero o caña Piragua, sifones de vidrio, botellas cerámicas de ginebra, faroles a kerosene, antiguos tarros de metal para la leche, latas de galletitas para venta a granel, viejos fonógrafos, una balanza probablemente marca El Progreso, faroles a gas o una radio a transistores.

En muchos pueblos y caminos rurales, las pulperías resisten el paso del tiempo y cuentan su historia, que en buena medida es también la de un país, de una región. Aquí, solo una pequeña muestra de lo que puede verse cerca de la ciudad de Buenos Aires, si la idea es abrir la tranquera y entrar al pasado.

La Pulpería de Cacho Di Catarina, Mercedes

El edificio es de 1830, según el fichado de la municipalidad. Y se cree que podría haber sido un paraje de descanso de carretas y viajeros. Pero no es eso lo que hizo más famoso a este boliche a orillas del río Luján, sino quien estuvo a su cargo por tantos años: Cacho Di Catarina, “el último pulpero”.

“Nuestra familia llegó en 1910 con mi bisabuelo, Salvador Pérez Méndez; yo pertenezco a la cuarta generación y soy semillero de la quinta. Mi abuelo falleció en 1959 y entonces tomó la posta mi abuela, con ayuda de mi tío Cacho, que entonces tenía 18 años”, cuenta Fernanda Pozzi, a cargo de este tradicional boliche junto con sus hermanas Paola y Patricia, todas lideradas por su su tía, Aída.

“La pulpería está tal cual la dejó Cacho, y vienen muchas familias, incluso de Buenos Aires y del exterior, a ver cómo era un boliche en 1830, porque el lugar es auténtico y está intacto”, se enorgullece Fernanda. Y siguen viniendo paisanos de los tiempos de Cacho.

¿Por qué era tan famoso y querido don Di Catarina? “Era muy carismático y generoso, te daba lo que no tenía. Fue DT del equipo de fútbol de los abogados de Mercedes y era un adelantado, porque organizó el primer torneo de fútbol femenino ¡en 1979! Se sentaba ahí -dice Fernanda señalando un punto en el viejo salón- con la Volcán, la estufa de velas, vestido de gaucho, y esperaba a la gente. Él nació en el boliche y no se movía ni cuando subía el agua, y eso que no sabía nadar”, cuenta, y recuerda la gran inundación de 2015, que los obligó a cerrar un largo tiempo, hasta volver a poner el lugar en condiciones.

Afortunadamente no se dañó el “rincón de las botellas antiguas”, una esquina de añosas estanterías repleta de botellas cubiertas de polvo que pertenecieron al abuelo de Cacho y no se tocan desde hace 100 años. Otro tesoro es la orden de captura de Juan Moreira, de 1868, y su certificado de defunción.

El lugar -declarado “de interés general” y “Monumento Histórico”- conserva intacta su fachada, con el palenque para atar los caballos y las anchas paredes de ladrillo, y exhibe el afiche del film Don Segundo Sombra firmado por los actores, con la imagen de la pulpería y Cacho como actor debutante.

Abre de jueves a domingos y feriados, de 11 a 20; en verano cierra más tarde y suma peñas a cielo abierto. En invierno el menú es de comidas de olla: guiso carrero, guiso de lentejas, pastel de papas, puchero, y en octubre comienza el asado criollo. Y todo el año, las clásicas “empanadas de Cacho, con las recetas de mi abuela Figenia”, dice Fernanda. También son imperdibles las picadas con salame quintero, típico de Mercedes, queso regional y bondiola. Y los fines de semana se puede comprar pan de campo, tortas fritas, quesos y salames quinteros, todo caserito.

Para agendar: sábado 21 y domingo 22 de septiembre será la fiesta de la pulpería. El sábado a la noche habrá fogones, música y tradición. Y el domingo, de 11 a 16, menú tradicional: empanadas, picada con salame quintero, comida de olla y carnes asadas. ¿Se la va a perder?

Cómo llegar: a 107 km de Buenos Aires por Acceso Oeste y Autopista Luján-Bragado (ruta 5).

Si queres ver la nota completa: https://www.clarin.com/viajes/pulperias-tercer-milenio-refugios-vivos-historia-gaucha_0_pn6X4DTL2.html

(fotos: Constanza Niscovolos)

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