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RELIGIOSIDAD EN LA EPIDEMIA DE COLERA DE 1887: CORONACION DE LA VIRGEN DE LUJAN

Por: Prof. María Mónica Brown

Hace poco más de 130 años la imagen de la Virgen María, en su advocación “de Luján” fue coronada según decreto del Papa León XIII del 30 de septiembre de 1886, al mismo tiempo que se establecía su día de coronación para el 8 de mayo del año siguiente.

En estos días estamos en un nuevo aniversario de un hecho tan emotivo y trascendental para la feligresía católica argentina en general y lujanense-mercedina en particular. En estos días nuestros de cuarentena, pero es interesante ver que en aquellos días también se vivían tiempos de cuarentenas por epidemias, una de las tantas ocurridas a lo largo del siglo XIX. En este caso, una nueva ola de cólera se esparcía desde el puerto del Buenos Aires desde mediados de octubre de 1886. “El 18 de octubre, apareció en La Prensa la noticia de los primeros casos de  cólera en el acorazado Los Andes, aunque en otros diarios se filtró el dato de que el primer caso databa del 12 de octubre. Con el correr de los días y los meses, la epidemia se extendió en forma alarmante, desde La Boca y el Riachuelo a la capital, San Isidro, La Plata y pueblos de la campaña bonaerense (Zárate, San Nicolás, Chascomús, Rauch, Magdalena, Pergamino, etc) hasta llegar a Rosario, Santa Fe, Córdoba, Tucumán, Mendoza, Paraná, etc. En la capital, los casos se multiplicaron a través de los inmigrantes, el hacinamiento de las casas de inquilinatos y la falta de medidas de higiene apropiadas. Por esos días, entraron al puerto varios barcos con numerosos enfermos y fallecidos (…) Ante el avance de la epidemia, se estableció la rigurosa cuarentena de vapores en la Isla Martín García y se establecieron numerosos lazaretos para atender a los afectados. Según la Revista Médico Quirúrgica, se trataba de cólera morbusasiático y no de colerina según diagnosticaban las autoridades municipales (18 de noviembre de 1886). La prensa se encargó de divulgar desde un comienzo la información necesaria para que la población adoptara las medidas preventivas necesarias (…) Para mayor preocupación de la población y de las autoridades, al cólera se unieron también numerosos casos de escarlatina, difteria y tifus”, sostiene Juan Guillermo Durán (2008: 429).

Podríamos preguntarnos ¿qué relaciona a la imagen de Virgen de Luján con el flagelo del cólera? Respuesta simple: el padre Jorge María Salvaire. ¿Por qué? Porque fue él quien viaja a Europa, se entrevista con el Papa León XIII, tiene éxito en sus gestiones, y al regresar, no puede desembarcar por la epidemia, y debe permanecer en cuarentena a bordo del vapor “La Gironde”, proveniente de Francia. Felizmente para él fueron sólo dos días (del 18 al 20 de diciembre de 1886) en los cuales tuvo que cumplir las estrictas reglas de observación sanitaria establecidas por el gobierno argentino para los inmigrantes que llegaban infectados provenientes de Génova, Río de Janeiro y Montevideo.

Teniendo nosotros actualmente cerca de dos meses de Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio por la epidemia del COVID-19, y si somos gustosos de la lectura, la biblioteca de nuestra casa puede ser un buen lugar para “perder el tiempo”. Y el libro de Monseñor Juan Guillermo Durán realmente necesita tiempo para ser leído: más de 700 páginas sin contar el apéndice documental y la ilustraciones a color. Nos referimos al titulado “De la frontera a la Villa de Luján: el gran capellán de la Virgen, Jorge María Salvaire, CM (1846 – 1899)”, publicado en 2008, por Facultad de Teología de la UCA y Bouquet Editores.

Monseñor Durán narra impecablemente en este texto el tema que nos ocupa, centrándolo en la figura del Padre Salvaire, quien tanto hiciera por afianzar el culto y la devoción a la Virgen de Luján, siendo además quien inicia las tratativas para la construcción de la Basílica neogótica que todos admiramos cuando nos acercamos a Luján. Comencemos entonces por conocerlo según el texto de Juan Guillermo Durán.

 

El Padre José María Salvaire (1847 – 1899) fue un sacerdote francés perteneciente a la “Congregación de la Misión” (llamados también lazaristas, vicentinos o paúles). Congregación  fundada por San Vicente de Paúl a mediados del siglo XVII en Francia. Consagrado presbítero en 1870, fue destinado como misionero a la Argentina, país en que los lazaristas se hallaban misionando desde 1859 en la ciudad de Bs. As.

A raíz de la epidemia de fiebre amarilla de 1870 (¡otro flagelo de aquellos años!), la comunidad vicentina o lazarista quedó reducida a cinco miembros, y es aquí cuando llega Salvaire como refuerzo en octubre de 1871. Siendo un joven sacerdote dado que había recibido su ordenación sacerdotal cinco meses antes y con sólo 24 años.

En 1874 Salvaire integró la Casa – Misión de Azul, habilitando la capilla y la escuela para los indígenas de la tribu de Cipriano Catriel. En uno de sus viajes misioneros a las Salinas Grandes (valle de Chilhué), a las tolderías del cacique Manuel Namuncurá para rescatar cautivos y analizar las posibilidades de instalar una misión, el sacerdote estuvo en peligro de muerte. Un tema del cual no hablaba demasiado. Y fue en ese momento tan violento, que el padre Salvaire le formula un triple juramento (promesa o voto) a la Virgen María en su advocación de Luján: escribir la historia de la imagen de la virgen en Luján, divulgar su culto y construirle un nuevo Santuario. A partir de este momento y más allá de las vicisitudes de su vida religiosa y problemáticas con los otros miembros de la Misión lazarista (para cuya profundización recomendamos la lectura del libro), Salvaire dedicará su vida al cumplimiento de esta triple promesa.

Regresando de esa misión en Azul, fue enviado a Luján en 1876, para reforzar el recién creado Colegio-Seminario lazarista. Comienza entonces a dar cumplimiento al primero de sus votos marianos: la redacción y publicación de la “Historia de Nuestra Señora de Luján”, importantísimo libro en dos tomos impresos en los últimos meses de 1885, por la imprenta de Coni, en la ciudad de Bs. As.

Monseñor Durán dedica todo el capítulo V de su libro a este tema debido a la importante obra investigativa realizada por Salvaire sosteniendo (2008: 264): “la apoyatura documental que utilizó Salvaire a lo largo de la obra es copiosísima y en gran parte inédita, fruto de su paciente trabajo en varios archivos de la época, como los correspondientes al viejo Santuario, al Cabildo de Luján, al Cabildo Secular y Eclesiástico de Buenos Aires, respectivamente, y al Arzobispado de Buenos Aires. En este sentido, viajaba con frecuencia a la capital para dedicarse con ahínco a buscar las pruebas testimoniales e históricas que le permitieran redactar los diversos capítulos del libro sobre sólidas bases heurísticas”.

De esta manera, haciendo conocer la verdadera historia de la Virgen de Luján, Salvaire comenzaba a cumplir su segunda promesa, la de propagar la devoción mariana no sólo en nuestra zona sino en el país entero, además de los países vecinos de Paraguay y Uruguay. Siendo, además, una estrategia muy exitosa para mitigar el accionar laicista del Estado argentino de aquella década de 1880: recordemos que en esos años se sancionan la Ley 1420 de educación laica, la Ley de Registro Civil y la Ley de Matrimonio Civil.

En tal sentido, al Arzobispo Aneiros desea que la Imagen de Luján logre del papado algo que ninguna otra imagen mariana poseía en América en aquel momento: su coronación pontificia. Objetivo que el libro de Salvaire ayudaría a cumplir. Así se lo manifiesta Aneiros: “es asimismo un vivo deseo, que desde tiempo acaricio en mi corazón, solicitar del Soberano Pontífice, el Señor León XIII, tan amante de la Virgen María, alguno de esos privilegios u honores que acostumbre la Santa Iglesia discernir a imágenes distinguidas de cristiandad [coronación pontificia]. La muy oportuna publicación de vuestro libro (…) no podrá menos, así lo espero, de inclinar favorablemente hacia el objeto de mi solicitud el piadoso ánimo de Su Santidad” (Durán 2008:298). Salvaire entonces, viaja a Europa como delegado del Episcopado argentino y de los obispados de Uruguay y Paraguay para solicitar el Papa León XIII la coronación pontificia de la Sagrada Imagen de la Virgen de Luján.

Este viaje comenzó el 12 de mayo de 1886, y ocupa todo el capítulo VII del libro de Durán. Iniciemos.

En primer lugar, para coronar una imagen debe haber una corona, ¿cuáles fueron sus materiales? ¿dónde se hizo? Someramente diremos que la confeccionó la Casa Poussielgue-Rusand, orfebres joyeros de París, capital de Francia, con alhajas (realizadas en oro, plata, piedras preciosas, perlas, etc) donadas por fieles católicos de Luján y Buenos Aires sin distinción de clase social. Para evitar robos, semejante tesoro fue llevado hasta el puerto de Bs. As. de la manera más disimulada posible: dentro de una pequeña valija en manos de uno de los alumnos lujanenses de Salvaire, Cándido Achua. Rápidamente el sacerdote aborda el vapor “Senegal” con su preciada carga, marchando directamente al puerto francés de Burdeos. Para precisamente ser en ese país dónde se hiciera la corona. Les llevó setenta días a los orfebres franceses confeccionarla.

Dice Durán (2008: 401-402): “La forma de la corona es imperial y el estilo, gótico florido, muy difundido en las obras de arte del siglo XIV. El tamaño es pequeño en razón de las escasas dimensiones de la imagen de la Virgen. Motivo por el cual no se pudieron engarzar el ellas las piedras preciosas de mayor tamaño, sino las más pequeñas, pero al fin las más valiosas. Es toda de oro finísimo, registrado de 18 quilates. El peso total es de 500 gramos. Sus medidas son: unos 13 centímetros de diámetro en su parte más prominente y 14 centímetros de altura hasta la cúspide de la cruz. Compone su base una diadema, toda cuajada de finísimas filigranas que serpentean y se enroscan sobre chapas de oro. Seis volutas o arcos de esbelta curvatura se reúnen en el centro común, sobre el cual descansa un globo de lápiz-lázuli ceñido por dos arcos de brillantes, dominados por la cruz matizada de ambos lados con brillantes y piedras, la cual remata notablemente toda la obra. Además, componen la corona doce piezas esmaltadas: seis de ellas colocadas en la parte más saliente de las volutas, que representan otras tantas cabezas de querubines; los otros seis esmaltes representan diferentes escudos, distribuidos en la venda de la diadema. Estos son los de la República Argentina, Pío X, León XIII, el arzobispo Aneiros, España y la República del Uruguay. En una faja que atraviesa interiormente la corona, se lee, por una parte, Oh María ora propópulo (“Oh María, Ruega por tu pueblo”); y, en la otra opuesta, “Bendecida por S.S. León XIII, en 30 de septiembre de 1886”. Finalmente, circunda la corona, a manera de aureola, un círculo de doce estrellas. En el centro de cada una de ellas resplandece un hermoso brillante, así como en cada intersticio de las estrellas”.

                                                                          Corona vista de frente

¿Qué destino le dio Salvaire a las joyas restantes? Las dividió en tres partes. Con una parte fue confeccionada una medialuna para ser colocada a los pies de la imagen. En su centro los escudos de Argentina y Uruguay grabados y esmaltados, con las piedras preciosas de anillos de obispos a ambos costados, por ejemplo el ópalo guarnecido de brillantes perteneciente a Aneiros y el topacio tostado del obispo uruguayo.

“La segunda porción de piedras preciosas, incluyendo la mayor parte de las perlas ofrecidas, sería destinada a engalanar los ricos bordados que cubrirían los nuevos vestidos de la Imagen, particularmente el manto, confeccionados en finísimos géneros. Estos se habían comenzado a realizar en los universalmente afamados talleres de bordados de Nancy en Lorena (Francia).

“Y, finalmente, el tercer lote de piedras preciosas fue reservado para adornar el hermoso templete, en estilo gótico (…) cumpliría una doble función: proporcionar a la Santa Imagen un digno trono y relicario donde permaneciera de ordinario en medio del antiguo Camarín”, explica Durán (2008: 405-406).

Estos tres encargos fueron entregados a tiempo para la ceremonia de coronación de la Virgen unos meses después, sin embargo, Monseñor Durán no ha podido encontrar cómo llegaron al país. Salvaire no lo especifica. No podemos saber si vinieron con él junto con la corona, o bien fueron enviados posteriormente por correo marítimo.

Respecto de la corona tan valiosa, Salvaire sí nos dice cómo la ingresó a Italia primero y a la Argentina después (Durán 2008: 408): “A fin de facilitarme el seguro transporte de la corona, tanto de aquí a Roma como de Roma a Buenos Aires, el Excelentísimo Señor Embajador de Francia cerca de la Corte de Madrid, Mr. de Laboulaye y su simpático Secretario el Sr. Conde Arturo de Pont, se han dignado con su alta influencia conseguirme la franquicia de las valijas diplomáticas, tanto de Roma como de Buenos Aires, de manera que quedo desde luego sumamente tranquilo respecto a la seguridad con que esta joya de tanto valor llegará sucesivamente a sus diferentes destinos”.

Etapa siguiente entonces, Roma. Llega en agosto de 1886 para entrevistarse con el Papa León XIII y cumplir tres objetivos: entregarle al Papa un ejemplar finamente encuadernado de su “Historia de la Virgen”, presentarle para su bendición la corona, y lograr de la Congregación de Ritos algunos privilegios litúrgicos para el Santuario de Luján.

Logra finalmente audiencia papal el 30 de septiembre. Estando ante León XIII le obsequia su libro en tres volúmenes, siendo la respuesta del Papa: “¿Y es usted, hijo mío, quien ha escrito esta voluminosa obra? -Así es Santísimo Padre. -¡Ah! Pero es esta una obra magnífica. Felicito a usted; le felicito muchísimo y le agradezco con todo mi corazón este precioso ofrecimiento. – Y le entregó la obra a uno de sus camareros”, narra el propio Salvaire en su relato que sobre el viaje hace al arzobispo Aneiros a su regreso a la Argentina (en Durán 2008: 300).

“¡Qué generosidad y qué digno desprendimiento en esas buenas damas argentinas!, cuenta Salvaire que exclamó León XIII al tener la corona en sus manos (en Durán 2008: 413-414). “Ahora bien, añadió su santidad, entregándome la corona:esta corona ya está bendecida; y yo le encargo a Ud. que en mi nombre y en mi lugar la ponga sobre la cabeza de la Santa Imagen de Luján (…) [pero, al decirle Salvaire que debía ser Aneiros quien lo hiciera] Entonces, replicó el Santo Padre, presto, presto, que se expida un Breve al Sr. Arzobispo de Buenos Aires en que se exprese que yo mismo he bendecido esta corona y que le delego para coronar solemnemente a esa Venerable Imagen, en mi nombre y por mi autoridad”.  

A continuación, Salvaire obtuvo la autorización para establecer el cuarto domingo después de Pascua como festividad mariana llamada “Fiesta de la Beatísima Virgen María de Luján”, haciéndola extensiva a todas las diócesis del Río de la Plata. Obtuvo también la bendición “in perpetum” para los fieles que asistan a ella los días 8 de mayo, día elegido para la coronación de la Santa Imagen. Todo lo cual fue debidamente reglamentado por las respectivas Congregaciones en el Vaticano antes del regreso del sacerdote a nuestro país. Las instrucciones dadas por Roma fueron detalladas y publicadas un par de años más tarde por Salvaire en dos textos: el “Ceremonial de la Coronación” y el “Manual del Devoto de Nuestra Señora de Luján”.

Logró además de León XIII una especial bendición papal para todas las personas tanto en nuestro país como en Europa que habían contribuído a la realización del viaje y a la concreción de numerosas iniciativas en favor de la Virgen de Luján.

Lleno de felicidad por su éxito, Salvaire se embarca para Argentina, el 20 de noviembre de 1886, llegando a Bs. As. el 18 de diciembre en momentos de la epidemia de cólera que mencionábamos al principio de este artículo.

Mientras tanto, sabiendo por carta de estos logros, y estando la región asolada por el cólera, el arzobispo Aneiros había aprovechado la festividad de San Martín de Tours de principios de noviembre para convocar a una solemne peregrinación al Santuario de Luján para el 8 de mayo del año siguiente (1887). La intención del peregrinaje era solicitarle a la Virgen interceder “a fin de librarnos del azote de la peste [del cólera] que nos amenaza e invade y de tantos otros males espirituales y temporales” (Durán 2008:429).

 

Salvaire fue el principal organizador de los festejos de la coronación que se realizaron el 8 de mayo porque ese día era el cuarto domingo después de Pascua como establecía el papado. La multitud de peregrinos que se dieron cita en Luján desde el jueves anterior a la fiesta fue nunca vista, facilitada por el servicio de trenes del FF.CC. Oeste (Sarmiento o TBA) provenientes de Once, incluido el tren “oficial” que transportaba a obispos y sacerdotes nacionales y uruguayos. “Una hora antes de partir el tren, una verdadera multitud de peregrinos se adueñó del andén, ofreciendo un espectáculo inusitado, donde se dieron cita las más diversas profesiones y clases sociales, juntos con los vendedores ambulantes de época, deseosos de aprovechar la ocasión para vender sus productos (…) [ya en Luján] El espacio inmediato a la Estación -refiere la crónica- estaba literalmente lleno de coches de todas menas y edades. A los de Luján se habían agregado las americanas, landoes, calesas, tartanas, carros con y sin elásticos, incluso los de los panaderos, de todos los partidos circunvecinos. Cada coche fue ocupado por ocho personas, sin  que pudieran caber todas las que solicitaban asientos. Una parte de la concurrencia emprendió el viaje a pie. (…) La Villa se encontraba profusamente engalanada con banderas nacionales y estandartes de todas las naciones. (…) Las puertas, ventanas y balcones de las casas -ocupados por moradores y visitas- pasaron a convertirse en apropiadas atalayas para que estos pudieran presenciar el desfile incesante de personalidades, a quienes jamás habían visto. La plaza de la Villa, sombreada de hermosos paraísos, repetía duplicada la profusa ornamentación de banderas, gallardetes, carteles, faroles, arcos y cintas. A su vez, presentaba un magnífico golpe de vista la fachada del viejo Santuario de Lezica Torrezuri” (Durán, 2008: 440-441).

El domingo 8 la ciudad desbordó de gente. Se calculan que asistieron cerca de 40000 personas. Algo nunca visto para la época. Por supuesto que la coronación se realizó fuera del Santuario en un monumental altar al aire libre, en el llamado “Campo de la Virgen”, una loma en las orillas de la Villa, a unas seis cuadras al sureste de la iglesia, en la actual calle Ituzaingo 368, entre Rivadavia e Italia. Existe ahí una mayólica que recuerda el sitio de la coronación.

A las 9 de la mañana dio inicio la procesión desde el templo con la Santa Imagen, la cual hacía 100 años que no salía de su Camarín. “Tras celebrarse la misa pontificia en el improvisado altar -mediante el empleo por primera vez de los textos correspondientes a la misa propia de Nuestra Señora de Luján, concedida por el Romano Pontífice, cuenta Durán (2008: 445-446), el Arzobispo, quien tuvo a su cargo la sentida homilía, revestido de la capa pluvial y ciñendo a modo de cíngulo una faja de seda blanca con bordados y flecos de oro que había llevado durante mucho tiempo el papa León XIII, procedió en su nombre y representación a iniciar el rito de la coronación (…)  [entonando el Regina Coeli y acompañado de Salvaire, que llevaba en sus manos la corona] procedió a tomarla en sus manos y colocarla cuidadosamente en la cabeza d ella Virgen (…) todas las bandas de música presentes rompieron a tocar marchas triunfales y los batallones hicieron una triple descarga de fusilería”. Suelta de palomas, repique de campanas, etc.

La procesión de regreso al Santuario fue igualmente importante porque la llegada de nuevos trenes durante el día reforzó la afluencia de peregrinos. Los homenajes a la Santa Imagen prosiguieron durante toda la tarde dentro del iglesia.

Por la noche, “lunch” y baile en la casa municipal, sólo para invitados, por supuesto. “Los actos populares se cerraron con la quema, a las ocho y treinta de la noche, de abundantes fuegos artificiales costeados por la misma Municipalidad (…) Se había tratado de una fiesta espléndida, donde los actos populares y religiosos no fueron empañados por ningún incidente desagradable, ni por el más mínimo desorden que pudiese perturbar la animación que reinaba en ellos” concluye Durán (2008: 449).

La festividad continuó con una solemne octava en honor de la Virgen que se extendió hasta el 15 de mayo. “Durante la octava se repitieron los regocijos populares del día de la coronación: actuación de bandas, embanderamiento de la Villa, iluminaciones y fuegos artificiales, repiques de campanas, cohetes y bombas de estruendo, desfiles alusivos, etc. El cuadro de las fiestas de Luján se completó con la colocación, el domingo 15 de mayo, de la piedra fundamental del nuevo Santuario, acto del cual nos ocuparemos en el próximo volumen”,  afirma Durán (2008: 455). Porque será nuevamente el padre José María Salvaire, quien, cumpliendo su tercer promesa a la Virgen, aquella formulada en 1876 frente a los indígenas, la de reemplazar el viejo templo construido por Lezica Torrezuri, inicie formalmente la construcción de la Basílica neogótica de Luján en 1889 a pedido del arzobispo de Bs. As., Federico Aneiros, obra que lo mantendrá ocupado hasta su muerte en 1899, cuando tenía tan sólo 52 años. Pero, como recién expresara el padre Juan Guillermo Durán, esto forma parte de otra historia.

 

 

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