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200º ANIVERSARIO DEL FALLECIMIENTO DE MANUEL BELGRANO: ¿AUN LE DEBEMOS REPARACION HISTORICA?

Por: Prof. María Mónica Brown

Instituto Belgraniano Filial Mercedes

Este sábado 20 de junio conmemoramos una vez más el “Día de la Bandera Nacional”. Sin embargo, estando en el año 2020, la fecha posee un significado diferente para los argentinos en general y para quienes somos belgranianos, en particular. Se cumple el 200° aniversario del fallecimiento de Manuel Belgrano, el Bicentenario de su desaparición física, que no espiritual por supuesto, de un Padre de la Patria. Razón por la cual -y añadiendo que el 3 de junio se cumplieron 250 años de su nacimiento- el 2020 ha sido designado por el gobierno nacional como “Año del General Manuel Belgrano”.

¡Extrañamente, la provincia de Buenos Aires, en la cual nació y murió Belgrano, ha establecido que la documentación oficial de este año no lleve este encabezado, sino el de: “Año del Bicentenario de la Provincia de Buenos Aires”!

Sin embargo, existe cierta conexión entre Belgrano y el surgimiento del Estado provincial. Habiendo estado entre 1816 – 1819 en la Ciudadela de Tucumán, Manuel  regresa a la ciudad porteña a fines de marzo de 1820. Encuentra una Buenos Aires aún convulsionada por su reciente derrota en Cepeda, el mes anterior, frente a las tropas federales de los caudillos López y Ramírez, lugartenientes de José Artigas en esta banda del Río de la Plata. El día de su muerte, 20 de junio de 1820, es conocido en la historia bonaerense como el “día de los tres gobernadores”, porque ese día existieron tres poderes ejecutivos que se autodenominaron gobernadores provinciales: Ildefonso Ramos Mejía, Estanislao Soler y el propio Cabildo de Buenos Aires. Salta a la vista que ninguno gobernaba con efectividad el territorio, lo cual demuestra el grado de anarquía que se vivía en aquellos momentos iniciales del estado provincial bonaerense. Se dice que su última frase fue: “Yo espero que los buenos ciudadanos de esta tierra trabajarán para remediar sus desgracias. Ay, Patria mía”.

Es por ello que el deceso de un hombre tan destacado -aún para sus contemporáneos- pasó totalmente desapercibido para la clase política porteña, integrada por los mismos hombres que venían negando, a un Belgrano sumamente enfermo, la paga sus sueldos atrasados y el reconocimiento de los servicios y bienes dados al país por el prócer.

Un Belgrano moribundo y pobre que se ve obligado a pagar los honorarios a su médico de cabecera, el Dr. José Redhead, con su reloj de bolsillo confeccionado en oro, regalo que había recibido del rey Jorge III de Inglaterra. Una pieza histórica valuada hoy en 400.000 euros que fue robada -hagamos memoria- el 30 de junio de 2007 de su vitrina de exhibición en el Museo Histórico Nacional, en el Parque Lezama de la ciudad de Buenos Aires. A pesar de la búsqueda internacional ¡aún no ha podido hallarse!

A su amigo Celedonio Balbín, quien siempre le presta dinero y lo visita cotidianamente en su lecho de enfermo, Belgrano le expresa: “Amigo Balbín, me hallo muy malo, duraré pocos días, espero la muerte sin temor, pero llevo un gran sentimiento al sepulcro: muero tan pobre, que no tengo cómo pagarle el dinero que usted me tiene prestado, pero no lo perderá. El gobierno me debe algunos miles de pesos de mis sueldos; luego que el país se tranquilice lo pagarán a mi albacea, el que queda encargado de satisfacer a usted con el primer dinero que reciba”.

El 25 de mayo, le llevan un escribano a quien Belgrano dicta su testamento. En el art. 1, luego de encomendar su alma a Dios, expresa: “ordeno que dicho mi cuerpo, amortajado con el hábito de patriarca de Santo Domingo, sea sepultado en el panteón que mi casa tiene en dicho convento, dejando la forma del entierro, sufragios y demás funerales a disposición de mi albacea”.

Muerte de Manuel Belgrano

Un Belgrano moribundo y tan pobre, repetimos, que su sepelio tuvo que realizarse a los ocho días por no tener los medios necesarios para el funeral. Sepultado en el atrio de la Iglesia del Rosario del Convento de Santo Domingo -como solicitaba en el testamento- a media cuadra de su casa natal y mortuoria, vistiendo solamente el blanco hábito de la orden dominica, a la cual pertenecía, y en un ataúd de madera de pino. Por la consabida falta de dinero, la familia debió fabricar la lápida con un mármol, al decir de algunos de una cómoda, al decir de otros de un lavatorio, de la familia. Lo cierto es que no se pudo comprar uno nuevo. Una sola inscripción en esta losa de una tumba en tierra: “Aquí yace el general Belgrano”.

Sólo lo lloraron unos pocos familiares y allegados porque su muerte pasó desapercibida tanto para la Gaceta (¡periódico en el cual Belgrano había escrito y apoyado en su fundación diez años antes cuando integraba la Junta de Mayo!), como para los seis restantes periódicos porteños. Sólo el “Despertador Teofilantrópico Místico Político”, dirigido por el fraile franciscano, Francisco de Paula Castañeda, al darse cuenta del deceso una semana después escribe con tristeza y enojo: “Es un deshonor a nuestro suelo, es una ingratitud que clama el cielo, el triste funeral, pobre y sombrío, que se hizo en una Iglesia junto al río, al ciudadano ilustre General Manuel Belgrano”.

Será recién un año después, el domingo 29 de julio de 1821 -¡ni siquiera respetando el 20 de junio!- cuando se le realice el primer homenaje: un funeral cívico, con misa, homenaje, discursos y traslado simbólico de un ataúd con sus restos.

Un mes más tarde el Gobierno impuso su nombre a la calle en la cual estaba su casa, la actual Avenida Belgrano. Sesenta años después, en el aniversario de la batalla de Tucumán de 1873, el presidente Sarmiento descubre una estatua ecuestre en la Plaza de Mayo, frente a la casa de gobierno.

Estatua de Belgrano frente la Casa Rosada

¿De qué murió Manuel Belgrano?  Sumergirse en la investigación de los padecimientos físicos de nuestros próceres es un efectivo medio para conocer avances médicos, sistemas de salud e infraestructura sanitaria -o la falta de ellos- de los siglos XVIII y XIX. En estos últimos años ha comenzado a manifestarse cierto interés en la temática de la salud.

Manuel Belgrano tuvo largos padecimientos médicos durante su vida adulta. Cuando regresa de España para hacerse cargo del Consulado, en 1794 y con tan solo 24 años, llega enfermo. Algunos dicen que padecía “mal de Castilla” (gonorrea), otros se inclinan por la sífilis. Ambas enfermedades con síntomas similares, aunque distinto desenlace. Ambas muy comunes en aquellos años dónde las relaciones sexuales se practicaban sin preservativo. En sus primeros años de desempeño en el Consulado, consta en los documentos que asiduamente Belgrano pedía licencia y se marchaba a una quinta uruguaya  o a la quinta de su hermana en San Isidro para restablecer su salud. Habida cuenta que tuvo dos hijos y que ninguno de ellos -o sus descendientes, o sus respectivas madres, María Josefa Ezcurra y Dolores Helgero- la padecieron, ni tampoco manifestó Belgrano las manchas y pústulas propias de la sífilis (ni hay relatos de terceros que lo atestigüen), es muy posible que haya tenido gonorrea. Además, tampoco hay constancia de que pasara por el “martirio del mercurio”, tratamiento habitual de la época para la sífilis, el cual consistía en ingesta de brebajes con sales mercuriales e incluso inhalaciones de mercurio, que causaba en el enfermo síntomas de intoxicación. He haberlo Belgrano realizado, hubiera sido durante su estadía en Tucumán (1816 a 1820), período en el cual además nació su hija Manuela Mónica. Ninguna carta de Belgrano lo menciona, así como habla de tantas otras dolencias sin inconveniente.

Por otro lado, padeció paludismo entre 1813 – 1815 producto de la precaria vida militar (enfermedad que Belgrano denomina “fiebre terciana” en sus cartas, porque iba y venía cada tres días). Siendo muy probable además que el tratamiento con quina y las fuertes fiebres palúdicas hayan derrotado –de haberlo tenido- al trepanema pallidum,  bacteria causante de la sífilis.

Lo que sí sabemos es que padecía problemas bronquiales crónicos producto de la humedad porteña, y tenía una afección ocular permanente a partir de 1800: “dacriocistitis crónica”, obstrucción en los conductos lagrimales, causante de fístulas en ambos ojos con supuración de pus y lágrimas. Con el tiempo las fístulas evolucionaron favorablemente y casi no se le notaban.

También solía sufrir de vómitos de sangre -como le ocurrió en la víspera de la batalla de Tucumán-, en su época atribuidos a problemas digestivos y emocionales o nerviosos. Esta dispepsia o digestión difícil obligaba a Belgrano a ingerir helados e infusiones de agraz (racimos de uvas verdes), existe una carta Güemes en la que se los recomienda. Actualmente se cree que tenía várices esofágicas, producto de una deficiencia hepática causada por el ya mencionado paludismo.

Resumiendo, a sus 49 años, el deterioro de su salud es cada vez mayor. En carta al gobernador Sarratea (al reclamarle en abril del 20 el dinero que le deben) reconoce que se halla muy enfermo desde mayo de 1819, cuando, de regreso al Río de la Plata como le habían ordenado, cruzando territorio santafecino, se instala en un rancho miserable y húmedo, pasando frío, y mojándose con la lluvia. Ello profundizó de tal manera la insuficiencia hepática y la retención de líquido que se le dificultaba hasta el caminar.

“El cuadro final que concluyó con la muerte del General, afirma Yanicelli, miembro del instituto belgraniano tucumano, es el de hidropesía, retención de líquido. Ya en Buenos Aires en marzo de 1820, fue asistido por el Dr. Francisco de Paula Rivero, quien le diagnosticó una ‘hidropesía avanzada’ que es la retención de líquido en los tejidos. Esta no es una enfermedad autónoma, sino más bien un síntoma por el cual se expresan, fundamentalmente, enfermedades de los riñones, del corazón y del aparato digestivo. El líquido retenido por deficiencia en la función renal se aloja y estanca en el bajo abdomen, cuello, brazos, muñecas, pies y tobillos, llegando estos últimos a inflamarse exageradamente. El líquido así acumulado, genera mucha presión sobre el corazón alterando en forma sustantiva el equilibrio cardiológico del enfermo, invadiendo los pulmones a los que acaba por afectarlos severamente. La hidropesía se relaciona con enfermedades como la tuberculosis, cáncer de colon, afecciones cardíacas, glandulares, hepáticas o renales. En la autopsia que el patólogo Juan Sullivan, hizo al cadáver del prócer, señaló que sacó gran cantidad de agua; que encontró el hígado y el bazo aumentados en volumen; los riñones desorganizados; los pulmones colapsados y del tamaño de una mano; el corazón hipertrofiado; tejido duro por la cirrosis portal ‘que suele asociarse’; ictericia y ascitis. Hay fundadas opiniones y desde luego no categóricas que lo que observó Sullivan en el hígado probablemente se trató de tejido tumoral maligno expandido a bazo y seguramente otros órganos”.

Luego de todo lo expuesto, lo que sí queda claro, es que la medicina de la época no pudo diagnosticar exactamente el cuadro clínico del prócer.

Mausoleo inaugurado en 1903

Volviendo a la modesta sepultura  de Manuel Belgrano, en el atrio del convento dominico, diremos que en 1865, por gestiones de Cayetano María Cazón -jefe de policía- la lápida original será reemplazada por otra de mejor calidad.

Es por ello que, en 1895, un grupo de estudiantes secundarios del Colegio Nacional de Bs. As. iniciaron una colecta pública para juntar fondos y construirle un mausoleo como “Dios manda” al creador de la Bandera. El Congreso Nacional aportó cincuenta mil pesos (Ley 3363/1896), también se sumaron algunas legislaturas provinciales, el Ejército y la Armada, comercios, y particulares.  Se reunieron $ 107.725,25, suma muy importante en la época. Una comisión “ad hoc” (formada por senadores y diputados, entre ellos los ex – presidentes, Mitre y Pellegrini) llamó a concurso de proyectos a escultores argentinos, italianos y franceses, resultando ganador el italiano Ettore Ximenes.

La simbología de la magnífica escultura es la siguiente, según explica el sitio “Historia, Rincones y Mitos de Bs. As.”: “El mausoleo, desde el suelo hasta la parte superior del sarcófago, mide casi nueve metros. El basamento es de mármol de Carrara. Las estatuas laterales, que simbolizan ‘El Pensamiento’ y ‘La Acción, al igual que los bajorrelieves, son de bronce. Las cuatro estatuas de los ángeles están vaciadas en aluminio y la reja que rodea al mausoleo es de hierro. En la reja, también de hierro, que circunda el atrio se encuentra la llama votiva. El sarcófago está coronado por un yelmo que tiene un águila que simboliza la potencia más elevada, el genio y el heroísmo. Atendiendo al carácter polivalente del símbolo podemos decir que el águila alude a las alturas, al espíritu identificado con el sol y al principio espiritual. Tiene el ritmo de la nobleza heroica y de la actividad guerrera. Es el principio celestial en lucha con lo telúrico octónico. El águila conduce a las almas a la inmortalidad. En el cristianismo representa al mensajero celestial y según Dante es el pájaro de Dios. El simbolismo de ‘El Pensamiento’ alude al hombre comprometido con la producción intelectual, con la meditación y con el esfuerzo racional. (…) ‘La Acción’ alude a sus campañas militares. Los dos bajorrelieves evocan la creación de la bandera nacional y sus triunfos en las batallas de Tucumán (1812) y Salta (1813). Estos triunfos belgranianos permitieron a la revolución recuperar por segunda vez el Alto Perú (Bolivia) y proyectarse hacia la unidad americana. Una cinta en el mausoleo dice ‘Studis Provehendis’ (Proveedor de Estudios) con lo cual se alude al destino que Belgrano les dio a los 40.000 pesos con los cuales el gobierno le recompensó por sus victorias: Belgrano quiso que este dinero fuese destinado a la construcción de cuatro escuelas públicas en el interior del país. ‘El Pensamiento’ y ‘La Acción’ nos muestran la dimensión de un hombre que conjugaba los libros con la espada para liberar la América del Sur”.

Para construir el mausoleo en el mismo lugar del sepulcro original debía primero exhumarse el cuerpo de Belgrano. A las 2 de la tarde del 4 de septiembre de 1902 comienza entonces la exhumación bajo la atenta vigilancia de una comisión compuesta entre otros por un nieto, un bisnieto del prócer y por los ministros Joaquín V. González, de Interior, y Pablo Ricchieri, de Guerra. Debajo de la lápida no hallaron ningún ataúd, sólo algunos pedazos de madera, clavos de bronce, tachuelas y algunos huesos dispersos, entre ellos parte de la dentadura. A medida que aparecían, los restos iban siendo colocados en una bandeja de plata, por el prior de Santo Domingo, padre Costa.

Inicio de la exhumación
Restos mortales de Belgrano

 

Aquí comienza un hecho histórico poco conocido pero no por ello menos vergonzoso. ¡Los ministros González y Ricchieri se reparten entre ellos los dientes del prócer y se los llevan! La noticia llega diario La Prensa por quejas del padre dominico y sale publicada al día siguiente quedando escandalosamente en evidencia el robo por parte de los ministros: “Ese despojo hecho por los dos funcionarios nacionales que nombramos debe ser reparado inmediatamente, porque esos restos forman parte de la herencia que debe vigilar severamente la gratitud nacional; no son del Gobierno sino del pueblo entero de la República y ningún funcionario, por más elevado o irresponsable que se crea, puede profanarla. Que devuelvan esos dientes al patriota que menos comió en su gloriosa vida con los dineros de la Nación”. Sobra decir que esta misma tarde ambos devolvieron las piezas dentarias belgranianas, con la explicación (¿excusa?) de quererlas: Joaquín V. González para mostrárselas a sus amigos (!!!) y el Gral. Ricchieri, para mostrársela a Mitre y luego de recubrirla en oro colocarla en una (¡??!) ¿Mitre habrá estado de acuerdo? Cabe preguntarse si habrían devuelto los dientes de no haber existido la denuncia en el diario.

Por otro lado, en las fotos de la exhumación, publicadas por la revista “Caras y Caretas” (que publicamos en el presente artículo) puede apreciarse a todos los presentes ¡con los sombreros puestos! Una falta de respeto hacia el difunto según las normas urbanas de la época.

Esta revista publica una caricatura del momento burlándose mordazmente de la impunidad de los funcionarios profanadores: la imagen muestra a Belgrano saliendo de su tumba y señalando acusadoramente, con su índice, a los ministros González y Riccheri, mientras exclama: ¡Hasta los dientes me llevan! ¿No tendrán bastante con los propios para comer del presupuesto?’

caricatura de Caras y Caretas

En definitiva, el Mausoleo fue inaugurado el 20 de junio de 1903, con la presencia del presidente Julio A. Roca y numerosos asistentes. Y en 1946 fue declarado Monumento Histórico Nacional por el presidente Juan domingo Perón.

Estando el Mausoleo a pocos metros de la casona de los Belgrano, no podemos dejar de mencionar qué suerte corrió esta propiedad. Dicho directamente: ¡fue demolida en 1909, a sólo seis años de la inauguración del monumento! Cuando hoy recorremos este barrio de Monserrat, vemos otras casonas que aún perduran intactas, como la de Rivadavia, la de los Ezcurra, o la “Manzana de las Luces” por supuesto, pero no la de los Belgrano. En su lugar (Belgrano al 430) hay un edificio de departamentos que ni siquiera es destacable por su estilo. Se tomaron los recaudos para resguardar los cimientos de la vivienda de la familia de San Martín en Yapeyú, o se trasladó el rancho de Juan Manuel de Rosas en Monte, pero la casa de los Belgrano ¡no existe más! ¡Aún cuando hubo cuatro Belgranos participando en los debates del Cabildo Abierto del 22 de mayo: Gregorio (militar), Domingo (sacerdote), Manuel, y Joaquín (funcionario de hacienda)! Pero éste es un detalle histórico poco difundido, quedando así la actuación del apellido Belgrano en los primeros años de nuestro país minimizada y desmerecida.

Finalmente, en 1938 el Congreso de la Nación (presidencia de Roberto M. Ortiz), por Ley Nº 12361, establece el 20 de junio como “Día de la Bandera Nacional”. Por esta razón, ésta es la fecha elegida cada año para que los alumnos de 4° año de las escuelas primarias argentinas realicen su Promesa a la Bandera.

En este año 2020, el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) y la suspensión de clases también le han jugado en contra a la memoria de Manuel Belgrano. No permiten que el 250° aniversario de su nacimiento y el bicentenario de su muerte sean recordados y homenajeados como el creador de la Bandera, abogado, político, economista, periodista, militar, educador, ecologista, medioambientalista, constitucionalista, y americanista se merece. Una vez más pareciera quedar olvidado y relegado en un segundo plano.

El Instituto Belgraniano de nuestra ciudad, le promete y se compromete a reparar esta carencia en el futuro cercano. En los próximos meses, o bien en el curso del año entrante, aquellas actividades programadas y suspendidas por la cuarentena serán realizadas: charlas, jornada de divulgación, obra de teatro, concurso educativo, ocurrirán sin falta. Manuel Belgrano tendrá el merecido homenaje que se le debe por ser un Padre de la Patria argentina.

¡Feliz día de la Bandera! ¡Gracias Manuel!

Inauguración del mausoleo en 1903

Fuentes:

https://medium.com/@RHMBA/mausoleo-general-belgrano-2c65f8a2f3ac

https://perlitasperiodisticas.wordpress.com/2017/06/19/belgrano-el-bronce-y-la-ingratitud/

https://www.facebook.com/notes/luis-horacio-yanicelli/-estuvo-afectado-de-sifilis-manuel-belgrano-por-luis-horacio-yanicelli/1449244078423862/    (13-nov-2016)

https://www.infobae.com/historia/2018/06/20/cuando-dos-ministros-se-robaron-los-dientes-de-belgrano/

http://www.laprensa.com.ar/477620-La-autopsia-del-general-Belgrano.note.aspx (16 -junio- 2019)

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