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4 DE NOVIEMBRE: DIA DEL RIO LUJAN

LEY 14976

EL SENADO Y LA CÁMARA DE DIPUTADOS DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES SANCIONAN CON FUERZA DE

LEY

ARTÍCULO 1°: Declárase el día 4 de noviembre de cada año, Día del Río Luján.

ARTÍCULO 2°: Comuníquese al Poder Ejecutivo.

Dada en la Sala de Sesiones de la Honorable Legislatura de la Provincia de Buenos Aires, en la ciudad de La Plata, a los veintiocho días del mes de septiembre del año dos mil diecisiete.

Sabías que…

El 4 de noviembre de 1993 un grupo de personas, conocidos como los “Amigos del Río Luján” emprendieron una recorrida de 150 embarcaciones por el río en el tramo de Suipacha de Mercedes, eligiendo esa fecha dado que es la mejor época del año para el cauce del agua.

Este evento fue pensado, llevado a cabo por habitantes de la cuenca con el objetivo de visibilizar el río y hacer consciente de la sociedad sobre la necesidad de recuperar su uso para sí.

A raíz de recordar esta fecha, les compartimos un texto escrito por Macarena, una integrante de nuestra asociación :

RECORDANDO ANDO… NAVERGAR POR EL RÍO…

Recordando ando… Noviembre, los primeros días del mes donde comenzamos a usar pantalones cortos, sacamos las ojotas del mueble y dejamos que el sol nos acompañe desde temprano. Preparamos la ropa de verano, regamos las plantas más seguido mientras ellas nos agradecen con flores. Los abejorros polinizan la pasionaria, las mariposas la lantana y crecen la zanahoria y el tomate en nuestra huerta.

Lindos momentos se pasan mientras recordamos una fecha especial, esa que hace unos años comenzó a darle una forma distinta a cómo vemos nuestro río. Sí, el río Luján, el que pasa por el norte del partido, que podemos disfrutar de sus márgenes en el parque municipal. Tomar mate, escuchar música o el silencio no tan silencioso de un amplio y arbolado espacio verde.

Qué lindos recuerdos esos en los que comenzábamos a aplaudir apenas se veían canoas y kayaks acercarse, ya cansados de navegar, pero al mismo tiempo llenos de satisfacción al haber finalizado el recorrido, uno con el que dejaron de ver al río como antes, más bien han llenado sus mentes con más imágenes, muchas con un encanto natural, otras con anécdotas del viajecito y algunas otras no tan agradables ¿Cómo comenzó todo?

Desde el corralón municipal en caravana de autos y camiones que llevaban nuestras embarcaciones hasta García, nuestro punto de salida. Resulta gracioso recordar que luego de los primeros movimientos con los remos, ya no era la canoa la que nos llevaba sino nuestras piernas las que se mojaban en agua fresca para desencajarla del fondo del río – el agua estaba muy baja y por tramos tocábamos el fondo –. Ahora sí, volvemos arriba y zarpamos. Bueno, remamos.

Desde el puente ya no se distinguen los remeros que sortearon el primer meandro – curva – y comenzaron la aventura. Este lindo río de llanura tiene mucha historia, parte de ella la vimos en las barrancas con caracoles y algún que otro animal fosilizado quizás, envueltos en un silencio que sorprendía, un canto de algún pájaro que se ocultaba entre moras y acacios – planta invasora de toda la cuenca – y el sonido de los remos empujando el agua. Y otra vez nos encajamos y otra vez nos mojamos para volver a remar.

No sabíamos con qué nos íbamos a encontrar luego de cada curva, lo que sí sabíamos era que tanto nosotros como el resto de los navegantes teníamos un plan: conocer y disfrutar. Siempre hay quien se apura a llegar – seguro porque se le enfrían los choris que nos esperaban en la llegada –.

Algo que nos sorprendió la primera vez – y cada vez – fue la serie de cascadas pequeñas que este riacho nos ponía como desafíos, hasta que llegábamos a La cascadita. Los experimentados se encontraban a la espera de poder grabar las caídas de los novatos y no tanto – videos que siguen circulando por las redes –, y que entre miedo y risas las atravesábamos.

¿Qué no debía faltar? Además de las ganas, botella de agua, sombrero, zapatillas y protector solar – una nariz pelada no es una linda nariz, y menos si queda rojo tomate -. Sigamos. Meandros, puentes desde donde Protección Civil nos saludaba “¿todo bien?” como consulta a cada uno. Bajo uno de esos puentes – sombra por favor – realizamos una parada técnica. Una fruta, agua y seguimos. Habrán pasado una hora y media – o más – y nos quedaba un tercio por recorrer.

Por la sombra de las acacias – sí, no las queremos, pero al menos nos daban sombra – comenzábamos a ver que el paisaje cambiaba lentamente. El ruido lejano de unas motos nos devolvía a la civilización, y en los bordes grupos de chicos y familias que tiraban alguna caña para probar suerte. Acá la cosa se complica, ahora no surcábamos solo los meandros, se sumaban bolsas, botellas, pañales y lavarropas, flora y fauna de dudosa procedencia. Sabíamos que estábamos pasando el canal de la 16, ese que debería ser pluvial pero que con los años ha pasado a ser reservorio de residuos de todo tipo. Por suerte no nos estancamos con un carrito de supermercado, pasamos ilesos rumbo hacia el último puente que nos indicaba el final. Allí nos encontraríamos con nuestras familias y amigos con música y comida – que por supuesto no podía faltar -.

Y ahí estaban, esperando para aplaudir a estos aventureros que se animaron a ver al río desde sus entrañas. Desde entonces, ya no es solo un curso de agua que está ahí y pasa por el parque mientras tomamos mate en sus costados, ahora es parte de la historia de más personas, otras generaciones que no le dieron la espalda al río.

 

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