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Periodismo Confiable

ASTOR… CIEN AÑOS TRAS LAS HUELLAS DEL ANGEL

Por: Oscar Dinova
“Seas lo que seas, sé el mejor” (A. Lincoln)
Y vaya si lo fue. Como su padre se lo pedía, al verlo, martirizado en las camas de hospital de aquella Nueva York de la década del ´20. Su pierna derecha nació maltrecha y Nonino Piazzolla se embarcó al norte para tratar de curarlo, mientras atendía una peluquería.
No se equivocaba. Sería la pierna que sostendría el bandoneón, el mágico instrumento que nunca lo abandonaría, desde los nueve años hasta la eternidad.
Fue un ser del destino. Cualquiera hubiera quedado arrumbado en el barrio italiano de la calle 8, pero este pebete se cruzó en el camino con la música y además… con Carlos Gardel, con el cual comió ravioles caseros y ensayaron los días que me quieras y tantas más.
A los 17 pirulos ya estaba en la orquesta de Troilo, derrochando talento. Pero su búsqueda estaba lejos, en el espacio y en la innovación musical. Fue nómade, ciudadano del mundo y felizmente de su tierra también, aunque no le fue fácil.
Pero todos los argentinos, en algún momento, fuimos un Chiquilín de Bachín o un Loco buscando una luna rodando por las calles.
Alguien me dijo, una vez, que todos le debíamos algo a Gardel. Creo que a Piazzolla también. En mi caso al menos, no existen dudas.
Era yo un joven desalineado, con el alma maltrecha, que llegaba a París huyendo de años salvajes y peligrosos. Era 1978. No tenía nada, salvo mi vida, que en aquellos tiempos lo era todo.
Y al tango. Me crucé con un titiritero, que al son de Adiós Nonino, ensayaba su obra en los subtes de París. Me convertí en el primer pasagorrista de Bululú.
Entonces, simplemente, la vida volvió a sonreír.
Su obra era estudiada en todos los Conservatorios de Música del viejo continente. Nosotros lo llevamos a las profundidades del Metro, para arrancar una sonrisa y convertir a los grises pasajeros en los alados ángeles que Astor Piazzolla estuvo buscando desde 1921, en que un caprichoso Hado lo puso en nuestro camino.
Lo pude homenajear en mi primer novela cuando escribí estas líneas, “Los acordes del tango habían roto, mágicamente, con el mirar atónito de los ocasionales espectadores, una melodía melancólica y penetrante, un desgarrado mensaje de amor entre un hijo y un padre, una suave contundencia que se eleva por sobre los límites humanos y se despide para encontrarse. Era Adiós Nonino” (Bululú Theatre, Memorias del exilio. pág 29) Dunken, 2009.
Gracias Maestro, sin usted no hubiera sido posible.
Film: Bululú en el Subte 1980 con Oscar Dinova, original.

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