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GRANDES Y PEQUEÑOS DICTADORES

Por: Oscar Dinova, escritor.
“El odio de los hombres pasará y caerán los dictadores y el poder que le quitaron al pueblo se le reintegrará al pueblo” (Charles Chaplin, en El Gran Dictador, discurso final).
En Vevey, Suiza, hay un santuario convertido en Museo. Fue la casa de retiro de Charles Chaplin durante 25 años, desde 1952 a 1977. En ella disfrutó, -lejos del macartismo,- la vida junto a Oona O´Neill y sus hijos más pequeños a la vez que escribía sus memorias.
En este lugar justamente, se inauguró el viernes pasado, una Muestra en homenaje a los 80 años del debut de esa obra cumbre en la trayectoria de Chaplin que fue; “El Gran Dictador”.
Estrenada en Octubre de 1940, la misma significó un hecho trascendente en su carrera pero más aún una creación cultural que contribuía a denunciar a uno de los más infames dictadores que gestara la raza humana; Adolf Hitler.
Fue una película adelantada a su tiempo, plena de coraje y audacia cívica, además de creativa. En ella, Chaplin abandonaría -por primera vez y definitivamente- el seguro ropaje de Charlot, el genial vagabundo que había hecho desternillar de risa al mundo entero durante dos décadas. El público vería entonces al genial mimo, hablando, dialogando y proclamando.
Pero además, pondría -con el singular escenario de la comedia- al despiadado creador del partido nazi en la consideración pública, cuando aún, la mayor parte de los países no habían roto relaciones con Alemania y muchos sectores de la sociedad occidental lo toleraban y en no pocas ocasiones lo aplaudían.
Fue en El Gran Dictador que se denuncia, explícitamente, a las persecuciones, encarcelaciones y muertes que generaba un gobierno autoritario y represor; el nazi. Había sido preparada durante tres largos años, desde el ´36 al ´39. El mundo no estaba aún en guerra y muchos miraban para otro lado, pretendiendo hacer como que nada ocurría y que el mal absoluto no se apoderaría del planeta.
Como de costumbre, era una simbiosis chaplinesca donde nos es imposible separar la risa de la emoción profunda, el humor de la angustia y la fina ironía de la reflexión que nos deja enseñanzas.
Fue un éxito sin precedentes, aunque algunos países debieran esperar un largo tiempo para poder verla, como por ejemplo España, en 1976, a la muerte de otro dictador; Franco.
El reinado de Hitler ha terminado sobre la faz de la tierra, pero la aparición de grandes y pequeños dictadores no ha llegado a su fin. Siempre están ahí, con sus delirios de hegemonía y absolutismo. Con sus dosis de intolerancia y odio, de separación y anhelos de permanencia en el poder. Por suerte tenemos la convicción de ser libres y el legado cultural de tantas obras, que como la de Chaplin  nos amparan y esclarecen.
En el tramo final de la película, donde el perseguido barbero trastoca su lugar con el victimario, éste pronuncia su famoso alegato. Cuando las formaciones “nazis” esperan un discurso de violencia y dominación los sorprende este perenne himno a la libertad y a la democracia.
No lo dejemos de ver y escuchar.
Está más vigente que nunca, así como la esperanza.

 

Discurso final en El Gran Dictador, por Charles Chaplin.

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